Por unos demonios más

 

34.

 

 

El dobladillo de mi vestido de encaje de dama de honor susurraba al rozarse contra la baldosa gris de la oficina de Edden. Sentada medio encogida en la silla que había delante de su escritorio, movía el pie con nerviosismo. El capitán de la AFI se había apoderado de mi brazo desde el momento en que había pisado el sello de la Agencia Federal del Inframundo que había incrustado en el suelo del vestíbulo. Me había arrastrado hasta su oficina, le había dicho a su guía, Rose, que no me dejase salir de allí, y luego se había marchado con paso decidido en busca de café, de su hijo y de una primera impresión que no procediese de mí. Eso había sido hacía diez minutos. A menos que estuviese moliendo los granos él mismo o esperando a que Glenn volviese de Detroit, imaginé que entraría sabiendo más de lo que yo sabía.

 

Habían empezado los nervios. En el vestíbulo cada vez había más ruido, con voces que se elevaban con protestas y peticiones. Según parece, todos los invitados estaban allí fuera. Miré a Jenks, que estaba sobre el lapicero de Edden. Parecía más nervioso de lo normal y había optado por quedarse conmigo en lugar de irse con Edden, cosa que solía hacer cuando estábamos en la AFI. Dejé el paquete de regalo en el suelo, me puse de pie para sacudirme el vestido y fui a mirar entre las persianas. Estaba empezando a pensar seriamente que Edden no tenía ni idea de que iba a arrestar a Trent Kalamack esa noche.

 

—Quizá deberíamos haber ido a la SI —dijo Jenks provocando con las alas un zumbido molesto.

 

—??A la SI!? —dije dándome la vuelta para mirarlo con la boca abierta—. ?Estás loco o qué?

 

Parecía que el se?or Ray estaba a punto de explotar y, estremeciéndome, eché la mano a las persianas, pero la retiré cuando se abrió la puerta.

 

Edden entró pisando fuerte. El hombre musculoso y casi rechoncho se acercaba tanto a mi estatura que no importaba. Llevaba sus chinos y su camisa blanca remangada habituales, pero el conjunto había perdido su aspecto de recién planchado en algún momento entre cuando me había arrastrado hasta allí dentro y cuando fue a buscar los vasos de papel de café tapados que traía sujetos entre un brazo peludo y el pecho.

 

Dejé deslizar las persianas entre mis dedos con un sentimiento de culpa. El vestido de encaje me hacía sentir estúpida y me metí detrás de la oreja un mechón caprichoso que se me había escapado de la elaborada trenza. Luego me puse de pie agarrándome las manos y poniéndolas por delante del cuerpo. Me sentía tan vulnerable como si estuviese desnuda. Edden me había ayudado mucho cuando había dejado la SI, pero tenía sus propios jefes a los que tenía que complacer y no parecía contento. De todos los humanos que había conocido, solo su hijo adoptado, Glenn, y mi exnovio Nick estaban cómodos con el hecho de que yo… no fuese humana. Con su cara redonda arrugada, dejó los dos cafés sobre la mesa y se dejó caer en la silla exhalando. El capitán Edden no era alto y los signos incipientes de barriguita potenciaban su aspecto de hombre de cincuenta y muchos. Su formación militar era evidente en sus rápidos gestos y en sus decisiones lentas, y se acentuaba con el pelo negro cortado casi al cero. Entrelazó los dedos sobre el estómago y me miró molesto. Su bigote tenía más canas que la última vez que lo había visto y no pude evitar encogerme de miedo por la mirada acusadora de sus ojos casta?os.

 

Jenks batía las alas como pidiendo disculpas. El capitán lo miró como recriminándole no haber tenido mejor criterio y luego volvió a mirarme a mí con desaprobación.

 

—?Estarías más cómoda dirigiendo mi departamento desde mi silla, Rachel? —dijo, y yo me incliné hacia delante para coger un café, simplemente para poner algo en medio de ambos—. ?Qué se te pasaba por la cabeza cuando decidiste arrestar a Kalamack en su propia boda? —a?adió, y yo me senté con el foco entre los pies.

 

Como si aquello fuesen buenas noticias, Jenks se puso a brillar y se elevó para aterrizar más cerca del capitán de la AFI. Parecía satisfecho y aliviado. Pensé que era totalmente injusto que, aunque Jenks y yo fuésemos socios, yo fuese la única que me llevaba la bronca cuando nos metíamos en problemas. Los pixies nunca son responsables de sus actos. Pero también es cierto que tampoco se solían implicar tanto en los asuntos de la ?gente importante?.