Bruja blanca, magia negra

—Se le ve bastante inofensivo para ser alguien capaz de dar una paliza a un detective de la AFI —dijo Jenks.

 

—En ocasiones es mejor no fiarse de los que parecen más tranquilos —murmuré preguntándole con un gesto si había terminado antes de devolverle el papel a Edden. Ivy no se había acercado a mirar, así que supuse que ya lo había visto.

 

—Todavía no hemos encontrado nada sobre la se?ora Tilson —dijo Edden dando un respingo cuando Ivy abandonó la habitación a toda prisa—, pero estamos trabajando en ello.

 

Sus últimas palabras sonaron algo distantes, y era fácil adivinar el porqué. Ivy ya estaba rozando esa espeluznante velocidad vampírica que tanto se esforzaba en ocultarme. Dejando a un lado su inquietante rapidez, me divertía verla así, absorta en sus pensamientos. Los únicos momentos en los que se olvidaba del sufrimiento que le producían sus deseos y necesidades y se sentía útil era cuando estaba trabajando.

 

Edden me siguió hasta el pasillo. No tuvimos ningún problema en averiguar a dónde había ido Ivy. Jenks acababa de pasar volando por delante de la puerta abierta del ba?o, y al final del pasillo se encontraba un asustado agente de la AFI de cierta edad, con la espalda apoyada en la pared.

 

—?Está ahí dentro? —le preguntó Edden. Era evidente que el sudoroso agente no se esperaba toparse de bruces con una impetuosa vampiresa vestida con ropa de cuero, y su superior le dio unas palmaditas en el hombro—. ?Te importaría comprobar si se han enviado ya las huellas?

 

El pobre hombre se alejó agradecido, y Edden entró en una habitación que, a todas luces, era el dormitorio de la ni?a.

 

Si Ivy ya parecía fuera de lugar en la estancia anterior, en aquel sitio, con la cunita, los lazos con volantes de las cortinas y los costosos juguetes de colores brillantes, daba la impresión de que acabara de llegar de Marte. Y mientras que la vampiresa no pegaba ni con cola, Jenks encajaba de maravilla, revoloteando con las manos en las caderas mientras observaba con cara de asco un dibujo de Campanilla.

 

—Más que buscando la manera de encontrarlos, estamos recopilando pruebas para un posible juicio —dijo Edden para que no decayera la conversación y seguir ocultando el profundo dolor que se leía en sus ojos—. No pienso permitir que un abogado consiga que los dejemos en libertad enarbolando la bandera de la Constitución.

 

De repente di un respingo. De golpe y porrazo, uno de los juguetes había empezado a emitir una musiquita, y Jenks, despidiendo una densa nube de polvo, estuvo a punto de chocarse contra el techo, dejando claro quién era el culpable de aquello.

 

—No se puede salir huyendo con una ni?a peque?a sin dejar un rastro tras de ti —dije sintiendo una descarga de adrenalina—. Y he oído decir que la madre la tenía muy mimada. —En aquel momento miré al montículo de juguetes—. Basta con que apuestes a uno de tus hombres en la juguetería y, en menos de una semana, darás con ellos.

 

—Los quiero ya —dijo Edden con gravedad. La música dejó de sonar y, al ver al pixie suspendido en mitad de la habitación con expresión compungida, a?adió—: No te preocupes, Jenks. Ya nos vamos de aquí.

 

?Ah, claro! Yo me llevo una bronca y a él le dice que no tiene importancia. No obstante, mientras Ivy se dedicaba a curiosear, me dirigí a la mecedora atiborrada de libros, sonriendo al descubrir un título que me era familiar. Entonces me decidí a cogerlos, sin querer abandonar aquel rincón de inocencia y buen gusto. Me había invadido una sensación de melancolía, y era consciente de que estaba relacionado con mi dilema sobre ser madre. Si no hubiera sido por mi enfermedad sanguínea, podría haber tenido alguna oportunidad, pero no podía soportar la idea de que mis hijos fueran demonios.

 

Acababa de soltar el libro puzle con solapas cuando vi que Ivy se detenía con cautela entre los peluches y las ceras de colores, y se quedaba inmóvil como si el tierno ambiente hogare?o fuera contagioso.

 

—?Es esta la última habitación? —preguntó, y cuando Edden asintió con la cabeza con expresión de cansancio, a?adió—: ?Estás seguro de que no agredieron a Glenn en algún otro lugar y que luego lo trajeron hasta aquí?

 

—Bastante. Hay huellas suyas por todo el camino, y llegan directamente hasta la puerta.

 

Su rostro sereno dejó entrever un atisbo de enfado.

 

—Pues aquí tampoco hay nada —dijo quedamente—. Absolutamente nada. Ni siquiera el más leve murmullo que indique la presencia de un bebé caprichoso.